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22 de julio de 2013




[...] Y era tanto el asombro por ver al misterioso fantasma, que decidieron averiguar la historia de el mismo. Al conocerla, les quedó claro que no era cierta su existencia, sino que solo había sido su imaginación. Ya antes advertidos a la prensa, policía, y demás que tenga que ver para investigar el caso, no se podía revertir la llegada de los mismos al lugar donde ocurrió este hecho. Una vez hecho el llamado a la autoridad, no podían hacer nada al respecto para decirles que no vinieran, ya que solo lo habían imaginado.

—¿Y ahora qué hacemos?— dijo Juan, ya sabiendo lo que podía ocurrir en el momento que lleguen las autoridades—Nos pueden llegar a mandar en cana, ¡Piensen por favor! Si mis viejos se enteran de esto me matan.— 

   
—Llegaron— proclamó Clemente. —Llegaron, ¿¡Qué hacemos!?

Los chicos, asustados, salieron afuera a ver lo que ocurría. Entre tantas personas, flashes de cámaras fotográficas que tomaban imágenes en el lugar, se pusieron nerviosos. Lara, tuvo un ataque de nervios, lo cuál la dejo en estado vegetativo por unos largos 26 minutos exactamente. 


—¡Lara! ¡Háblanos por favor!— exclamó Abraham, asustado por lo que le ocurrió a Lara.—¡No nos dejes por favor!


Ya pasados los 26 minutos antes dichos, se despertó. La prensa tomó el hecho como un pretexto para 
ocultar algún hecho que habían inventado los chicos. Dijo un periodista:

—Chicos, ¿Nos están mintiendo? ¿Hay algún fantasma en este lugar?

—Sí, pero solo aparece de vez en cuando. Llamamos por los nervios que nos dio en el momento al sentir ese ruido y ver la sombra blanca que pasó frente a nosotros.— dijo Juan, asustado, sin saber que decir. [...]

17 de julio de 2013



Bien, ¿saben?, estoy realmente asustado. No creo querer volver a jugar Minecraft en lo que me queda de vida, y es que, lo que acabo de presenciar, me dejó marcado de una forma terrible. Las manos me sudan y mis dedos tiemblan mientras escribo, lo que hace que deba intentar escribir cada palabra unas dos veces antes de seguir con la siguiente. Prendí todas las luces de mi pieza, hasta la televisión la tengo encendida, todo para distraerme de las terroríficas imágenes que me ha traído un juego que, antes, podía considerar inofensivo.

Aparecí en un mundo normal, o eso parecía. La única diferencia era que a mi alrededor no había nada, tan sólo pasto, y también que era de día pero el sol no aparecía. Al principio pensé que quizá los gráficos no se habían cargado del todo bien, así que no le di importancia. Busqué por todos lados para encontrar árboles, o lo que fuera, y al no verlos, decidí abrir mí inventario (con el modo creativo debería tener todos los objetos disponibles) para crear un árbol y así “adornar” un poco el paisaje. Hasta ese momento todo iba bien, puse un sapling y algo de polvo de hueso en mi acceso rápido, planté el sapling e hice crecer dicho árbol. Para mi sorpresa, el árbol que salió era gigante, mucho más que el promedio; debe de haber medido unos 20 bloques de alto. Presioné espacio dos veces para volar y ponerme arriba del árbol, pero al llegar arriba noté que había algo en su copa. Era un cartel. Al leerlo de frente, quedé sorprendido.
El cartel estaba en inglés, pero su traducción decía:
“Todos se han ido.
Sólo quedo yo.
No me busques.
Déjame encontrarte”.
Al verlo y releerlo unas cuatro veces, me dije a mí mismo, “Vaya broma de Notch…”, calmándome con la idea de que quizá había encontrado un secreto digno de un reconocimiento. Aun así, no salía de mi asombro, y pasado esto decidí seguir explorando.
Finalmente toqué suelo, o así pareció, porque el personaje hizo el ruido característico de daño (lo cual era extraño, porque ni siquiera tenía la barra de vida), sólo que esta vez, fue distinto. El ruido era más fuerte, como un gruñido de dolor, casi como si en la caída se hubiera roto algo. Ahora podía mover el ratón, pero con lentitud. Miré hacia arriba, pero no se veía nada, ninguna clase de entrada. Podía caminar, pero la mira se inclinaba ligeramente hacia abajo con cada paso que daba, como si el personaje estuviera cojeando, y podía oír ligeros gruñidos cada vez que avanzaba. La tecla Escape seguía sin funcionar.

No podía ver nada. Estaba perdido ahí abajo, explorando una caverna desconocida a la que había llegado de forma inexplicable, hasta que mi personaje se detuvo por completo. Me quedé a la espera, sabiendo que no podía hacer nada, y entonces se prendieron dos antorchas enfrente de mí, distanciadas entre sí por unos tres cuadros, y luego otras, y otras, y así sucesivamente, formando una especie de camino. Seguí el camino puesto ante mí, cojeando, sin molestarme en ver hacia los lados. Llegué al final e, ilusionándome con la idea de estar por lo menos “iluminado”, me quedé a esperar junto a las antorchas. Miré hacia atrás y ahí apareció otro cartel. Me dio un susto grande leerlo.
Decía:
“A que es muy divertido matar monstruos desconocidos.
¿No sabías que ellos alguna vez estuvieron vivos?”.
Me volví a dar vuelta, pero sólo podía moverme despacio. Mi respiración se había agitado. Tenía a una de las antorchas como señal de que me estaba moviendo, que se desplazaba por la pantalla lentamente, y no fue hasta que dejé de verla cuando tuve mi siguiente sorpresa. Se prendieron cientos de antorchas en diferentes lugares, formando algo que desde mi perspectiva parecía un círculo. Ahora veía una construcción frente a mí, era una pirámide de piedra con antorchas que iluminaban la escalera que llevaba a la cima. Lo pensé brevemente antes de continuar con esta locura. Ya había visto suficiente, pero aun así, algo me llamaba, quería ver lo que estaba ahí. Entonces proseguí. De a poco iba llegando, y de pronto apareció una flecha cruzando la pantalla que venía directo hacia a mí; pude sentir como si me golpeara en el rostro. El personaje volvió a gritar, pero ahora fue un grito más agudo, de dolor intenso, fue un grito que duró varios segundos y fue seguido de lamentos. 
En ese momento el personaje comenzó a andar por sí solo, lo vi subir las escaleras y luego, al llegar a la cima, se detuvo de pronto y miró hacia el piso. Allí no había nada. Volvió a mirar hacia arriba, y enfrente de mí estaba un Enderman… sólo que no tenía ojos. Examiné su rostro un poco y después miré sus manos para ver lo que sostenía, y mis ojos se abrieron de par en par al ver que no tenía un objeto, sino una cabeza, llena de sangre y con los ojos blancos, radiantes. Volví a mirar su rostro: sus ojos se habían abierto, eran de color rojo. 
Abrió la boca produciendo un chillido espantoso, y como tenía audífonos puestos me tuve que sujetar la cabeza; entonces desapareció súbitamente y el chillido se fue desvaneciendo hasta perderse. Me desesperé pensando qué hacer, no podía cerrar el juego normalmente así que intenté otras formas, pero nada funcionaba, y al apretar Ctlr+Alt+Supr la pantalla tan sólo se hizo más grande y ahora veía el juego en pantalla completa. Cuando estaba al borde de salir corriendo, apareció en mi vista un tercer cartel:
“Herobrine está vivo.
O lo estuvo.
Ahora sólo estoy yo”.
El piso de mi personaje se desvaneció, dejándolo caer al vacío. La pantalla se cambió a la habitual pantalla antes de cargar un mundo. Esperé unos segundos y estaba en otro lugar.
Ederman
Era como el Nether, pero se sentía distinto. Se veía tenebrosamente distinto. Alrededor mío había varas, como las de las cercas, pero arriba de ellas había cabezas de personajes, con los ojos en sangre y la vara también manchada. Escuchaba los lamentos de los Ghasts junto con sonidos nuevos, parecidos a lamentos de personas, llantos, gritos de niños. Tenía a mi alrededor varios caminos rodeados con las cabezas. Elegí uno al azar, y al caminar por él me di cuenta de que no tenía bordes, a cada lado estaba el vacío. Abrí mi inventario para buscar el mapa y ver cómo estaba trazado esto. Di un sobresalto cuando sólo vi dos ítems: una perla de Enderman roja llamada “Corazón de Solitude” y la cabeza que había visto antes en manos del Enderman. Entré en pánico con su nombre: “Cabeza de Herobrine”. Al cerrar el inventario, vi que a mi lado había aparecido un cofre; lo abrí. Dentro tenía un mapa con el nombre también modificado. Decía “Contrato de Alma”. Lo puse en mi acceso directo, lo abrí y el mapa ya estaba cargado, con el camino listo para recorrerse. Sólo me quedaba eso, seguir el camino trazado. Con el corazón en la mano recorrí el sendero que me llevaría a algo, no sabía a qué, sólo sabía que quería encontrarle una respuesta a todo esto. Estaba expectante. Muerto de miedo.
Llegué al final del camino. Adelante, esperaba un cofre, el cual abrí y me di cuenta de que estaba vacío. Miré los objetos que tenía, el mapa decía “Sepúltalos”. Pensé que se refería a ellos, así que arrastré los objetos y los dejé en el cofre. Al dejar el mapa, su nombre cambió a “Adiós”. El cuadro del cofre se cerró y apareció el último letrero:
“Ya has hecho mucho.
Llegaste hasta aquí.
¡Me has encontrado!
Ahora me toca a mí”.
Detrás del letrero aparecieron dos puntos rojos. Me miraban fijamente, sentía llegarlos hasta mi alma. Desaparecieron rápidamente, retrocedí un poco y llegó el final. Solitude apareció enfrente de mí, con sus brazos sobre el personaje y sus ojos mirándome desde la pantalla; su grito se hizo más fuerte, más agudo, y la imagen temblaba mientras abría su boca. Un escalofrío fuertísimo recorrió mi cuerpo cuando la pantalla se fue a negro y el computador se apagó por completo. Me saqué los audífonos, los boté al piso y pegué la espalda contra la pared. Maldecí a mi curiosidad muchas veces, maldecí a todo.
Ahora estoy muerto de miedo terminando de escribir esto. Temo que en cualquier momento aparezca Solitude para cumplir su palabra y no tendré cómo evitarlo. Vi por la ventana una o dos veces y estoy seguro de haber visto un par de ojos rojos mirándome, desde las sombras, de la misma forma en que lo hacían desde el juego. Sólo que esta vez no tendría como sacármelo de encima, o cómo cerrar la partida.

10 de julio de 2013



























—Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel —dijo con mucho aplomo una señorita de quince años—, mientras tanto, debe hacer lo posible por soportarme.
«Sé lo que ocurrirá», le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural. «Te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas».
Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.
—¿Conoce a muchas personas aquí? —preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.
—Casi nadie —dijo Framton—. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.
—Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía —prosiguió la aplomada señorita.
—Sólo su nombre y su dirección —admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.
—Su gran tragedia ocurrió hace tres años —dijo la niña—; es decir, después de que se fue su hermana.
—¿Su tragedia? —preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.
—Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre —dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.
—Hace bastante calor para esta época del año —dijo Framton—, pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?
—Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno en donde solían cazar, quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.
—Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron; su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre «¿Bertie, por qué saltas?», porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana…

La niña se estremeció… fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.
—Espero que Vera haya sabido entretenerlo —dijo.
—Me ha contado cosas muy interesantes —respondió Framton.

—Espero que no le moleste la ventana abierta —dijo la señora Sappleton con animación—; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero ni pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres, ¿no es verdad?
Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.
—Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos —anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio—. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
—¿No? —dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva… pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.
—¡Por fin llegan! —exclamó—. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.
En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca, que cantaba: «¿Dime, Bertie, por qué saltas?».
Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.
—Aquí estamos, querida —dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana—, bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
—Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel —dijo la señora Sappleton—; no hablaba de otra cosa más que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
—Supongo que ha sido a causa del spaniel —dijo tranquilamente la sobrina—; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
Las fabulaciones improvisadas eran su especialidad.